Es el medio día, el calor se introduce en mis pensamientos y los derrite. Hago cosas que solía hacer en la Cuidad, más o menos me regresan a una sensación de realidad: la rutina. Sin embargo, aquí las cosas cuestan lo mismo pero son más grandes, más lentas y desconocidas. Antes de llegar pensaba en lo deleitoso que sería estar acá, los horarios me sofocaban y deseaba hacerlos “bolita” y tirarlos por la ventana del auto. Hoy cumplo dos semanas en este lugar y ya odio las hormigas y los moscos; las personas son amables pero desconfiadas (o seré yo la que desconfía de ellas). El Mar no me trató bien, tampoco el Sol es considerado conmigo, aquí sale y se sabe Señor de la Vida, descarga gozoso toda su intensidad. Cómo casi toda mi vida, la Luna ha sido mi más leal compañera en este viaje, incluso la otra noche me guió a mi amado y a mi hasta la playa, cuidadosa dejó traslucir su plateada luz entre nuestros besos.
Pero debo decirlo otra vez: ¡odio las hormigas! Se suben en todo, corren como diablos pequeñitos, frágiles, casi invisibles.
Todo esto se escurrió de mi cabeza, mientras esperaba al medio día y dirigía mi mirada hasta el azul cielo, sin una sola nube. Las personas de aquí ¿se detendrán a mirar hacia arriba?
¿De qué color era el cielo de mi Ciudad?
